¿ASPRILLA, EL MEJOR DEL MUNDO?
Durante los años ochenta, el futbol colombiano vivió una época de gloria. Esta generación llevó a nuestro país a disfrutar de tres mundiales y a posicionar el balompié de nuestro país ente la élite de este deporte a nivel mundial. Lograron muchas cosas, pero todos aquellos que fuimos seguidores de esos momentos quedamos con la sensación que se hubiera podido alcanzar más. Desde la comodidad del espectador, podíamos afirmar que no quisieron llegar más lejos, porque capacidades y oportunidades tuvieron de sobra.
Algunos años después, ya retirado, una cadena de deportes en Argentina entrevistó a Carlos Valderrama, “El Pibe”. Sin duda alguna el ícono de esa generación, el permanente capitán de la banda. Fue una entrevista amena, entretenida y entre todo lo que conversaron le preguntaron sobre sus compañeros. Quién sería una figura descollante entre ellos. A pesar de lo comprometedor del cuestionamiento Valderrama respondió sin dudarlo: Faustino Asprilla “El Tino”. De pronto se quedó callado, como si una reflexión lo invadiera. Los periodistas con habitual olfato, aprovecharon para examinar en el interior del ex-jugador Colombiano. “En qué piensa cuando recuerdas al Tino”. De pronto Valderrama, como quebrando la línea de la entrevista dijo: “Hay algo que no le podré perdonar al Tino… (Silencio) Que no haya querido ser el mejor jugador del mundo”.
Ese día comprendí que aquello que muchos pensamos: Este grupo de jugadores se conformó con el éxito mediático; no fue solo una sensación de los espectadores, también hace parte de un sentimiento que a ellos los afecta. El conformismo es la práctica de quien fácilmente se adapta a cualquier circunstancia de carácter público o privado.
Esto lo he traído a colación para reflexionar sobre nuestra realidad como iglesia. Tenemos que reconocer que hacemos parte de una iglesia que se ha conformado. Cuando un futbolista se conforma puede perderse la oportunidad de llegar a ser el mejor del mundo, pero cuando una iglesia se conforma, deja de ser instrumento de Dios en el cumplimiento de su propósito para el momento histórico que tiene que vivir.
Nos hemos conformado con tener asistentes, no discípulos; nos hemos conformado con cambios de conducta, no con conversiones que giran en torno al arrepentimiento. El emocionarnos en medio de una liturgia tipo “show” ha sido suficiente; mientras seguimos siendo el centro de nuestras vidas, imponiendo nuestro propio estilo de vivir. El tener una mecánica experiencia devocional diaria es el mayor logro de algunos. El desarrollar algún trabajo ministerial es la meta suprema de otros. El completar una cadena de cursos bíblicos se constituye en el propósito más piadoso de algunos y quizás el mayor anhelo de la iglesia como tal.
¿Será que la vida cristiana es solamente eso? Que tengamos una comunidad tranquila, creciente, con una edificación bonita, con una economía estable, con una media de conocimiento bíblico que nos saque del mundo del “analfabetismo escritural”. ¿Cuándo es el momento de parar, de detenernos? ¿Cuándo podemos sentir que llegamos? Porque a juzgar por muchas de nuestras acciones parece que hubiéramos llegado hace mucho tiempo. El apóstol Pablo nos da una declaración contundente en su carta a los Efesios (4:13): “hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, a un varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo”.
La plenitud de Cristo es nuestra única línea de meta. Mientras no alcancemos tal escaño, seguimos corriendo, seguimos creciendo, seguimos avanzando. Nada diferente puede satisfacernos en forma cabal. Ese momento solo llegará cuando como Jesús, podamos contemplar al Padre cara a cara. ¿Mientras tanto qué? El desafío es seguir cultivando la unidad de la fe (la fe viene por el oír. Una fe que nutre sobre el fundamento de la Palabra), estrechando una relación que nos permita conocer cada día más a nuestro Señor Jesús (es diferente conocer de Jesús, que conocer a Jesús), en últimos nuestra meta es ser como él.
Por qué llegar a ser un jugador apreciado en Italia, tener un paso fugaz por Inglaterra y terminar siendo un problemático jugador de tercera en su natal Tuluá, ¿Por qué? El Tino, por su potencial y talento, pudo instalarse en forma permanente en la memoria de la historia al lado de Pelé, Di Stéfano, Beckenbauer, Cruijff, Bobby Charlton, Eusebio y Maradona, Ronaldo, Messi… pero se conformó con un buen contrato y un reconocimiento mediático. No permitamos que eso nos suceda a nosotros, antes por el contrario despojándonos de todo peso y del pecado que nos asedia, corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe.
Con Cariño, el Pastor Angel.
Un espacio de reflexión para todos aquellos que anhelan vivir la cultura del Reino de Dios
sábado, 17 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
Pastor Ángel
ResponderEliminarQuiero felicitarlo en primer lugar por su Blogger y en segundo lugar por su acertado cometario respecto a una generación futbolística, que yo creo no volveré a ver. Me atrevo a afirmar que tal vez éramos tan poco en este campo, que con lo que hicieron creyeron haber hecho suficiente.
Hasta ahí es fácil seguir especulando de lo que pudo haber sido y no fue. Lo realmente preocupante es lo que nos toca a nosotros, ya no en el área deportiva sino en la espiritual. Seguramente también nosotros éramos tampoco espiritualmente hablando, que con lo que hemos hecho nos parece que es más que suficiente.
Su llamado a pellizcarnos está más que justificado. Estamos como si hubiéramos cruzado la meta, como si ya hubiéramos alcanzado la cima, cuando en realidad estamos muy lejos de ella. Gracias por este recordatorio y de nuevo felicitaciones y siga adelante con este tipo de instrucción. Usted tiene vena de escritor.
Marco