Lucas 7.11, 12
“Aconteció después, que él iba a la ciudad que se llama Naín, e iban con
él muchos de sus discípulos, y una gran multitud. 12Cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí
que llevaban a enterrar a un difunto, hijo único de su madre, la cual era
viuda; y había con ella mucha gente de la ciudad”.
El relato describe el cruce de dos grupos de “mucha
gente”. Dos multitudes que se encuentran a la entrada de una ciudad llamada Naín.
Aunque coinciden en este lugar en particular, ambos tienen destinos y
propósitos completamente diferentes. Por un lado una gran multitud que está
seducida por el mensaje y los milagros de un predicador itinerante, que no se
parece en nada a los tantos que le han precedido y por otro lado, mucha gente
que acompaña en su dolor a una madre que ha perdido a su único hijo. Podrías
decir que esta última es la caravana de la muerte, mientras que la primera es
sin duda, la caravana de la vida.
No sabemos exactamente cuál era razón por la
cual Jesús se dirigía a Naín, pero conocemos con bastante precisión la agenda
de ese segundo grupo, que encabezaba esa triste mujer. No era la primera vez
que hacía este recorrido. Lucas nos recuerda que era viuda. En alguna ocasión
anterior caminó esa misma ruta para despedir el cuerpo sin vida de su esposo.
El itinerario es el mismo en esta ocasión. El destino, una cueva o un sepulcro
para dejar ahí ahora a su hijo. Ese recorrido ya ha estado rociado por sus
lágrimas, y ella sabe todos los detalles de rigor en estos momentos.
Pero su agenda fue interrumpida por quien
encabezaba aquel otro grupo. El Señor irrumpe en la escena para alterar el
itinerario del dolor. Ahora se dirige a la atribulada mujer (v.13). “Y cuando el Señor la vio, se compadeció de
ella, y le dijo: No llores”. ¿No llores? Esta es una petición que no
tiene sentido. Cómo pedirle a una madre que ha perdido a su único hijo que no
llore. Pero esa expresión estaba anticipando algo realmente maravilloso. La
vida se cruza con la muerte y el duelo es transformado en celebración. Aquella
mujer se detiene y deja que su agenda sea alterada por la agenda de Jesús y
entonces se da el milagro.
No sé cuál sea la agenda que esté guiando tu
vida hoy. Quizás las experiencias de dolor como el de aquella madre. Quizás el
agitado esfuerzo del trabajo infructuoso. Quizás el peregrinar por un
matrimonio tortuoso o un hogar en crisis. Quizás tu agenda está determinada por
un economía en quiebra o un sin número de situaciones sin resolver… ¡Deja que
el Señor Jesucristo invada tu agenda! Dale un espacio en el peregrinar que
llevas. Permítele interrumpir la celeridad de tus pasos y escúchalo. Deja que
la vida de Cristo le dé un nuevo sentido a la caravana de tu vida. Te aseguro
que no te arrepentirás.
Un abrazo, tu pastor amigo,
Angel Encinales.


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